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CONCIENCIA Y SALUD POR KARUNA SEVA A.C.

  • 25 abr
  • 3 min de lectura

Tu mente puede ser tu aliada o tu peor enemiga.


Hay una idea incómoda pero profundamente liberadora: no todo lo que piensas es verdad. Puede sonar obvio al leerlo, pero en la práctica casi nadie vive como si fuera cierto. La mayoría de nuestras decisiones, emociones y reacciones están gobernadas por pensamientos que jamás cuestionamos. “No soy suficiente”, “seguro va a salir mal”, “esto siempre me pasa a mí”. Se repiten tanto que terminan adquiriendo el peso de la realidad.

El Bhagavad Gita, un texto milenario que dialoga con problemas muy humanos, lo plantea con una claridad directa: la mente puede elevarte o hundirte. “Para aquel que ha conquistado la mente, la mente es el mejor de los amigos; pero para quien no lo ha hecho, la mente será su peor enemigo” (cap. 6.6). No es una metáfora exagerada. Es una advertencia práctica. La mente no es neutral. O la entrenas, o te arrastra.

Piensa en la ansiedad. Muchas veces no hay un peligro real inmediato, pero la mente construye escenarios completos: pérdida, rechazo, fracaso. El cuerpo responde como si todo eso ya estuviera ocurriendo. El corazón se acelera, la respiración cambia, el miedo se vuelve físico. En ese momento, la experiencia es real, pero el origen no necesariamente lo es. Ahí aparece el punto central: confundimos lo que pensamos con lo que es.

El Gītā insiste en algo que puede incomodar porque rompe la excusa más común: la mente se puede entrenar. “Dondequiera que la mente, inestable y voluble, se desvíe, uno debe traerla de vuelta bajo el control del ser” (cap. 6.26). No dice que sea fácil ni inmediato, pero tampoco lo presenta como algo reservado para unos pocos. Es una práctica constante, casi silenciosa, que ocurre en lo cotidiano: notar cuándo te perdiste en un pensamiento y regresar.

El problema es que solemos caer en un ciclo que se refuerza solo. Surge un pensamiento: “no puedo con esto”. Lo repites. Empiezas a sentirlo en el cuerpo. Actúas desde esa sensación. Y después confirmas: “ves, tenía razón”. Pero nunca fue una verdad objetiva; fue un circuito que se cerró sobre sí mismo. Por eso el texto también señala: “La mente es difícil de controlar y es inquieta, pero puede ser dominada mediante la práctica constante y el desapego” (cap. 6.35). Aquí no hay romanticismo: reconoce la dificultad, pero también señala el método.

En este contexto, aparece un punto ciego que muchas personas defienden sin cuestionar: “así soy yo”. Dicha con resignación, esa frase cancela cualquier posibilidad de cambio. Se vuelve identidad lo que en realidad es hábito. Pero el Gītā no trata la mente como algo fijo; la trata como algo moldeable. Y eso implica responsabilidad. Si la mente puede ser tu enemiga, también puede ser tu aliada, pero no por accidente.

Ahora bien, ¿qué hacer cuando la mente no se detiene, cuando los pensamientos se repiten como eco y la ansiedad no cede con pura lógica? Aquí es donde las tradiciones que rodean al Gītā introducen una herramienta directa y sorprendentemente simple: el sonido. En particular, la repetición del maha-mantra, que no requiere creencias previas para ser practicado, solo disposición a intentarlo:

Hare Krishna Hare Krishna

Krishna Krishna Hare Hare

Hare Rama Hare Rama

Rama Rama Hare Hare

La propuesta no es intelectual sino experiencial. Al repetir este mantra, la atención se ancla en el sonido, y poco a poco el flujo caótico de pensamientos pierde fuerza. No porque desaparezca mágicamente, sino porque dejas de alimentarlo. Es una forma concreta de aplicar lo que el Gītā sugiere: redirigir la mente en lugar de pelear con ella.

Entonces no es si tienes pensamientos negativos. Eso es inevitable. La pregunta es si vas a seguir creyéndoles automáticamente. Porque entender estas ideas no cambia mucho por sí solo. Puedes estar completamente de acuerdo y aun así reaccionar igual mañana.

El cambio empieza en algo más pequeño y menos espectacular: notar. Notar cuándo tu mente te está arrastrando. Notar cuándo estás tomando un pensamiento como verdad absoluta. Y, en ese instante, abrir un pequeño espacio.

Tal vez ahí está la verdadera práctica. No en eliminar la mente, ni en volverla perfecta, sino en dejar de ser completamente gobernado por ella. Porque si la mente puede ser tu peor enemiga, también puede convertirse con práctica real, no solo teoría en una aliada silenciosa que deja de sabotearte desde adentro.

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