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EXPRESSO CORTADO

  • hace 4 días
  • 5 min de lectura

LA FELICIDAD

Gilberto Medina Casillas

Dice Jean Paul Sartre que la felicidad no consiste en cumplir deseos, conseguir cosas materiales o esperar circunstancias perfectas, sino en querer lo que uno hace y asumir la total responsabilidad de la propia vida a través de la libertad.

Me gusta su forma de pensar.

Me parece muy interesante que la declaración de independencia de las colonias americanas se subraye (sic) “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”

Esta aseveración final le da sentido a la independencia dotándolo de un tinte humano en el contexto del ascenso hacia la felicidad.

Se escucha muy bien pero ¿qué es exactamente la búsqueda de la felicidad?

En el siglo XVIII, Jefferson lo heredó de la filosofía clásica y de la Ilustración escocesa e inglesa (John Locke, William Blackstone y Francis Hutcheson).

En el mundo grecorromano (Aristóteles, Cicerón, el estoicismo), la felicidad no era "sentirse bien", sino el florecimiento humano alcanzado a través de la virtud y el carácter. La ‘eudaimonia’ es un concepto de la filosofía griega antigua que significa florecimiento humano, bienestar o la vida buena. Se compone de las palabras eu (bueno) y daimōn (espíritu). No se trata de un estado de alegría pasajera, sino de una realización plena y duradera.

Para los fundadores de la independencia, buscar la felicidad significaba tener la libertad de cultivar la sabiduría, la autorregulación y la virtud para contribuir al bien común de la república. Era un concepto profundamente ligado a la responsabilidad pública, no al placer hedonista.

Este es el motivo por el que examinaré el concepto felicidad, desde varias perspectivas, cronológicamente.

El origen etimológico de la felicidad está ligado a la generatividad, la abundancia de vida y el florecimiento, no a una sonrisa o una emoción pasajera.

En la Roma antigua, felix no significaba alegre, sino fértil, fecundo, fructífero. Una tierra felix era una tierra abundante que daba frutos; una madre felix era una madre fértil.

En el siglo XVIII, con la Ilustración, la felicidad pasó de ser un asunto de "buena suerte" o "gracia divina" a convertirse en un derecho y un objetivo político.

Esta más que una distorsión fue un ajuste lingüístico por los requerimientos de las sociedades occidentales en formación, sin embargo más adelante el concepto evolucionó degenerativamente.

En el capitalismo tardío y la sociedad contemporánea, el término ha sufrido lo que el antropólogo e historiador cultural llamaría una trivialización o degeneración:

Desear "¡Muchas felicidades!" o "Feliz cumpleaños” se ha convertido en una fórmula lingüística automatizada (un "acto de habla fáctico"). Ha perdido su densidad etimológica de desear fertilidad o desarrollo vital para convertirse en un imperativo festivo de consumo y cortesía social.

La antropología contemporánea advierte que la felicidad se ha transformado en un producto de consumo (Happycracia).

Se vende en forma de manuales de autoayuda, aplicaciones de meditación y experiencias turísticas.

Ha pasado de ser una consecuencia de vivir con sentido a una exigencia personal aspirativa. Si no eres feliz, la narrativa moderna insinúa que es "tu culpa" por no tener la actitud correcta, dejando a un lado problemas estructurales como la pobreza, la ignorancia, la precariedad laboral o la falta de acceso a la salud.

Para un antropólogo, el concepto ha recorrido un camino singular: nació en los campos como la capacidad de dar fruto (fertilidad), se convirtió en el siglo XVIII en un ideal de emancipación política y social, y ha terminado en el siglo XXI convertida en una emoción de mercado, rápida, exigida y empaquetada.

Con el paso de los siglos, el uso del término ha experimentado una metamorfosis radical: le llamaremos ‘una Positividad Tóxica’.

La antropología contemporánea advierte que la felicidad se ha transformado en un producto de consumo, la ‘Happycracia’. Se vende en forma de manuales de autoayuda, aplicaciones de meditación y experiencias turísticas.

Ha pasado de ser una consecuencia de vivir con sentido a una exigencia personal. Si no eres feliz, la narrativa moderna insinúa que es "tu culpa" por no tener la actitud correcta, invisibilizadas problemáticas estructurales como la pobreza, la precariedad laboral o la falta de acceso a la salud.

Para un antropólogo, el concepto ha recorrido un camino singular: nació en los campos como la capacidad de dar fruto (fertilidad), se convirtió en el siglo XVIII en un ideal de emancipación política y social, y ha terminado en el siglo XXI convertida en una emoción de mercado, rápida, exigida y empaquetada.

En una obra literaria, creo que en una obra de Jean Cocteau, quizá en la novela ‘Los padres terribles’, no estoy seguro, un personaje femenino afirma: ‘la dicha nos aleja de la verdadera felicidad’.

Esta idea es sumamente interesante pues confronta la efímera chispa de la dicha con la trascendente y fructífera idea de la felicidad.

Leída con rigor literario, la frase advierte sobre una trampa existencial, consistente en confundir los picos de euforia o suerte circunstancial (dicha) con la construcción sostenida del ser (felicidad).

Al perseguir ansiosamente los destellos de la dicha, el sujeto queda atrapado en lo efímero, distanciándose del centro de gravedad y la paz interior que definen a la verdadera felicidad.

Antes de presentar, estimado lector, las opiniones de reconocidos pensadores sobre el concepto ‘Felicidad’, diré que los libros sobre el tema de la felicidad se clasifican en general en dos grandes tipos: los que nos dicen cómo ser felices cambiando nuestras circunstancias, con una actitud proactiva; y aquellos que nos dicen como serlo cambiándonos a nosotros mismos ante nuestro entorno inevitable.

Comenzaré con Alan Watts quien cree que la felicidad absoluta es algo fuera del alcance de cualquier procedimiento, intención o técnica humana.

Sófocles afirmó que «La sabiduría es el factor principal de la felicidad.»

Aristóteles opinó que «La felicidad es una actividad del alma de acuerdo con la virtud perfecta.»

Séneca adujo: «El hombre feliz no es aquel que posee muchas cosas, sino el que no necesita nada.»

Dante Alighieri, con su agudo y perverso ingenio pontifica «No hay mayor dolor que recordar los tiempos felices en la desgracia.»

Johann Wolfgang von Goethe afirma «El hombre más feliz del mundo es aquel que sabe reconocer los méritos de los demás y puede alegrarse del bien ajeno como si fuera propio.»

Oscar Wilde sentencia «La felicidad no consiste en tener lo que deseas, sino en estimar lo que tienes.»

Virginia Woolf afirma «No se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha cenado bien; la felicidad comienza en las cosas más sencillas.»

Albert Camus dijo «Nunca serás feliz si sigues buscando en qué consiste la felicidad. Nunca vivirás si estás buscando el sentido de la vida.»

Haruki Murakami, más cerca de mí, sostiene «Si puedes amar a alguien con todo tu corazón, a una sola persona, entonces hay salvación en la vida. Incluso si no puedes estar con esa persona, eso es felicidad.»

Quiero, a manera de conclusión, presentarles una tabla con mis observaciones históricas acerca de la Felicidad:

Época

Definición Central

Fuente de la Felicidad

Grecia Clásica

Eudaimonía (Florecimiento)

Práctica de la virtud y la razón en comunidad

Edad Media

Bienaventuranza trascendente

Salvación y unión con Dios

Ilustración / Utilitarismo

Maximización del placer

Elección individual y bienestar colectivo

Siglo XIX

Superación / Voluntad

Creación de valor personal ante el dolor

Existencialismo

Elección autónoma y rebelión

Crear tu propio sentido en un mundo absurdo

Para finalizar esta entrega, cito al ínclito Jorge Luis Borges, quien sentencia.

«He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido feliz.»

Termino con un conocido chistorete:

-        Me han dicho que eres feliz. ¿Cómo lo has logrado?

-        Escucho a los demás y nunca contradigo.

-        ¡Eso no es posible!

-        No, no lo es.


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