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EXPRESSO CORTADO

11 sept
11 min de lectura

EL MÁS ALLÁ

Gilberto medina Casillas

 

Desde la perspectiva de la antropología cultural, el concepto del ‘Más Allá’ no se analiza como una certeza teológica ni como un mito fantástico, sino como una construcción socio-cultural fundamental.

La concepción de la muerte y de lo que hay después responde a la necesidad humana de dar sentido a la finitud, estructurar el orden moral de la sociedad y mantener el vínculo comunitario entre los vivos y los antepasados, ineludible desde la óptica biológica, genética más

En muchas culturas preindustriales, el ‘Más Allá’ no es un lugar distante o celestial, sino un plano paralelo o una continuación directa de la vida terrenal. En otras, representa una transformación radical del ser.

Con el surgimiento del Estado y los centros urbanos conjuntamente con religiones soteriológicas (de salvación y objetos rituales), el ‘Más Allá’ se convierte en un tribunal donde las acciones terrenales determinan el destino del alma (premio o castigo).

Algunos antropólogos ‘estructuralistas’ como Claude Leví Strauss, tienen la creencia en la existencia continuada de los muertos permite legitimar la jerarquía social, el linaje y la propiedad de la tierra a través del culto a los antepasados.

Examinaré someramente ‘El Más Allá’ a través de las culturas y momentos históricos.

En las sociedades ancestrales, cazadoras y recolectoras, el ‘Más Allá’ es un plano paralelo interconectado. No se concibe ‘un "cielo" o  un "infierno"; el alma se desplaza a un mundo espiritual similar al terrenal habitado por espíritus y animales. Con estos humanos primordiales el chamán actúa como mediador, entre ambas ‘dimensiones’, puede viajar  al ‘Más Allá’ para negociar la salud, la caza o buscar a las almas perdidas.

En el Antiguo Egipto, exponente destacado de la edad de bronce, se concibe un mundo subterráneo y un juicio personal. Su escatología establece que el alma, principio vital permanente, se divide en Ka (la fuerza vital o la energía que distingue a un ser vivo de uno muerto.)  Y  Ba (la personalidad, el carácter y la individualidad única de cada ser humano), por lo que se debe conservar el cuerpo (momificación) para integrar el  Ka y el Ba a fin de presentar al difunto en la "pesada del corazón" frente a Osiris.

En la Grecia Arcaica, (época de Homero y Hesíodo, entre los siglos VIII y VI a.C.), las almas iban al Hades, el cual no era concebido como un lugar de castigo o tortura infernal, sino como el reino subterráneo, neblinoso y sombrío adonde iban a parar los muertos de manera generalizada e inevitable.

En la Grecia Helenística, (aproximadamente entre los siglos IV y I a.C.) el Hades evolucionó de ser un lugar puramente sombrío y uniforme a convertirse en un inframundo altamente estructurado, burocrático y moralizado. Durante este periodo, la influencia de la filosofía, las religiones mistéricas y la fusión cultural con el Cercano Oriente transformaron el concepto del ‘Más Allá’, otorgándole un peso sin precedentes al juicio de las almas y a la retribución divina.

Con los misterios órficos y Platón, evoluciona la conceptuación del ‘Más Allá’ hacia la transmigración de las almas, el viaje cíclico en el que un alma inmortal pasa de un cuerpo mortal a otro tras la muerte, así como  el castigo, vida humana inferior o premio, nueva vida superior.

Yendo hacia las tradiciones Mesoamericanas, tomaré como ejemplo a los Mexicas, entre ellos el destino en el ‘Más allá’ está determinado por la forma de morir. Las almas que escapan de sus cuerpos muerte natural van al Mictlán, un lugar oscuro, subterráneo y de descanso eterno. Quienes fallecen ahogados o fulminados por un rayo de tormenta van al Tlalocan, un lugar de abundancia, vegetación permanente y delicias, gobernado por el dios de la lluvia, Tláloc. Y  los guerreros que pierden la vida en batalla al igual que las mujeres que mueren dando a luz, van al Tonatiuhichchan, un lugar luminoso y de júbilo donde las almas acompañaban al Sol (Tonatiuh) en su diario viaje por el firmamento.

Como podemos apreciar, en los pueblos mesoamericanos el ‘Más Allá no depende de la conducta moral, sino de la fuerza cósmica que reclamó la vida.

Para la civilización occidental las tradiciones Abrahámicas (Judaísmo, Cristianismo e Islam) son las que han tenido mayor impacto, sobre todo en la Edad Media, el Renacimiento y hasta nuestros días.

El ‘Más Allá’ está constituido por una escatología dualista y lineal. Es lineal porque la historia avanza hacia un desenlace único y definitivo, y es dualista porque ese desenlace presenta un destino de doble vía (salvación o perdición) dependiendo del comportamiento de cada persona en relación a los principios morales que pretenden  regir la conducta humana. Infierno o Cielo, se definirán en el Juicio final al término de la historia humana. Mientras las almas esperan en el Seol. Lugar subterráneo de sombras y silencio donde van todas las almas, independientemente de sus acciones en vida, antes del acontecimiento del juicio final donde se decidirá el destino de cada alma individual, al cielo (premio) o al infierno (castigo).

Esta cosmovisión ha funcionado como una formidable herramienta de cohesión moral, para el control social, presentando una redistribución de la justicia (los oprimidos recibirán recompensa mientras acepten su pobreza y sumisión) lo cual ha derivada durante más de mil quinientos años como un exitoso control sociopolítico.

Vayamos a examinar someramente las tradiciones Dármicas, presentes en el Hinduismo y en el Budismo. Para estas culturas el concepto fundamental es el Samsara o ciclo de reencarnaciones, por lo cual el ‘Más Allá’ no es un destino final, sino un estado transitorio moldeado por el Karma, que es la ley de causa y efecto en la que las acciones, intenciones y pensamientos de una persona determinan su destino futuro. De aquí se define que toda acción tiene una consecuencia proporcional. Lo que das al mundo, tarde o temprano, regresa a ti.

El Samsara dura hasta que la persona, según el hinduismo, alcance el Moksha, estado supremo de paz, iluminación y unión con lo absoluto, donde el alma se libera del sufrimiento y de las ataduras del karma. O se desintegre en el Nirvana budista, que es la extinción del yo soy yo.

Estas son o han sido las visiones del ‘Más Allá’ que hemos tenido los humanos a través de los siglos en las diferentes regiones del mundo. Ahora te conduciré, atento lector, por conceptos filosóficos para entender la muerte y el más allá, empíricamente.

Arnold van Gennep en lo que él llama "ritos de paso", argumenta que los funerales y las visiones del ‘Más Allá’ sirven para reestructurar al grupo social que ha perdido a uno de sus miembros.

‘El muerto al pozo y el vivo al gozo’ o menos triunfal, ‘el muerto al hoyo y el vivo al bollo.’

Para entender la ´normalización’ de la muerte en la sociedad y desde la perspectiva individual, voy a seguir a Davin Sebastián Peña Cataño, quien ha escrito antes que yo las cosas que he observado. La citación que haré no es puntual, mezclo mis comentarios con los que él hace

La muerte es un fenómeno universal que ha intrigado a la humanidad desde tiempos inmemoriales. Desde el punto de vista religioso, la muerte se convierte en un tema de profunda reflexión, ya que implica consideraciones sobre el significado de la vida, el propósito del ser humano y el destino del alma.

Las religiones del mundo también tienen rituales y prácticas específicas para honrar a los muertos y ayudar a los vivos a lidiar con la pérdida. En el cristianismo, por ejemplo, se realizan funerales y servicios conmemorativos para celebrar la vida del difunto y ofrecer consuelo a los dolientes. Se recitan oraciones y se realizan ceremonias de sepelio según las creencias de cada denominación cristiana.

En el islam, se lleva a cabo un ritual funerario conocido como “salat al-janazah”, donde se ofrece una oración especial por el difunto y se lo entierra lo antes posible. Se cree que el alma del fallecido es interrogada por los ángeles en la tumba y que continuará su viaje hacia el más allá.

En el hinduismo, se practican rituales funerarios elaborados, como la cremación del cuerpo y la realización de ceremonias de duelo que pueden durar varios días. Se cree que los rituales ayudan a facilitar el paso del alma hacia su próxima encarnación y a honrar a los ancestros.

En el budismo, se realizan rituales como la recitación de “sutras” y la realización de ofrendas para el difunto. Se cree que estas prácticas pueden influir en el destino del alma y ayudarla en su viaje hacia la siguiente existencia.

La muerte, desde una perspectiva religiosa, es vista como un paso importante en el viaje espiritual del ser humano. Aunque las creencias y prácticas pueden variar ampliamente entre las diferentes tradiciones religiosas, todas comparten la idea fundamental de que la muerte no es el final absoluto, sino más bien el comienzo de una nueva fase en el camino del alma.

Según Martin Heidegger, la muerte no es simplemente el fin de la vida, sino una dimensión intrínseca de la existencia humana, una experiencia fundamental que da forma a nuestra comprensión del ser. En este sentido, Heidegger, filósofo existencialista, sostiene que “la muerte es el acontecimiento esencial en la aventura del ser humano”. Para él, la muerte es un misterio, un momento en el que el ser humano se despide de todo lo conocido y emprende un viaje del cual no hay retorno.

La percepción de la muerte como un evento trágico y definitivo, marcado por la pérdida total, se refleja en la sensación de declive, fragilidad y malestar que experimenta el cuerpo. Este deterioro físico representa el preludio de la desaparición, con la consiguiente pérdida de todos los vínculos y posesiones terrenales.

La concepción de la muerte como un fenómeno multifacético, que abarca tanto la muerte biológica o cerebral como la muerte total del organismo, invita a reflexionar sobre su significado ‘Más Allá’ de la mera extinción física. Heidegger y otros filósofos existencialistas argumentan que enfrentar la propia mortalidad es esencial para comprender la autenticidad y el propósito de la existencia humana. Esta visión nos impulsa a examinar la interconexión entre la vida y la muerte, y a reflexionar sobre cómo esta última moldea nuestra comprensión del ser y nuestra manera de vivir.

En la sociedad contemporánea, la muerte se ha convertido en un tema cada vez más trivializado y normalizado. En lugar de ser contemplada como un evento trascendental que da forma a la experiencia humana, la muerte tiende a ser relegada a un segundo plano, evitada en conversaciones cotidianas y presentada como una realidad distante e impersonal. Esta normalización de la muerte plantea interrogantes filosóficos sobre el significado existencial y sus implicaciones en la percepción de la vida humana.

Pues como dicen los ancianos zacatecanos ‘pues será el sereno’ pero la muerte, como bien lo dice Pablo de Tarso, es ‘el momento aciago’, lo más feo que te puede pasar, aun cuando te libere de un sufrimiento espantoso.

La palabra aciago es un adjetivo que significa funesto, nefasto, desgraciado o de muy mal agüero. Por lo tanto, un momento aciago es un periodo de tiempo o un instante marcado por la desgracia, la adversidad, el peligro extremo o la tribulación intensa.

La cita célebre del apóstol Pablo se encuentra en Efesios 6:13:

«Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo [o el momento aciago], y habiendo acabado todo, estar firmes.»

En algunas traducciones modernas o paráfrasis en español se traduce el griego original precisamente como «el día aciago» o «el tiempo de la desgracia».

La vida humana no es, necesariamente, una crisis continua, pero el «día malo» llega sin previo aviso. Es ese momento de quiebre donde se pone a prueba todo lo que una persona cree y sostiene.

Es un periodo temporal, no permanente: Al llamarlo «el día» o «el momento», Pablo implica que la adversidad extrema tiene un límite de tiempo. No dura para siempre; es un trance que hay que atravesar y superar.

Que un momento sea aciago implica que no se puede improvisar en medio de él. Por eso Pablo insiste en vestir «la armadura de Dios» (la verdad, la fe, la justicia) antes de que el momento aciago se presente.

Al cabo, el momento aciago actúa como un crisol: desnuda las falsas seguridades y muestra de qué está hecha la templanza, la fe y la integridad del alma de una persona. El momento aciago presupone una muerte natural, progresiva. Porque en el caso de un accidente fatal pues es inconscientemente horrible, de todos modos.

En este se examina la muerte en su extraña perspectiva de fantasmas, tema que comenté en la pasada columna, el cual podría suponer la óptica espiritista.

En especial esta percepción ha sido arraigada a la cultura popular, con testimonios de apariciones, sucesos inexplicables, aire que se hiela que suele acompañar a la manifestación fantasmagórica, proveniente del ‘Más Allá’.

Como colación, voy a terminar esta entrega, apreciado lector, con un relato que compone Plinio el joven, en el siglo I antes de la era corriente, rescatando historias que se contaban en su tiempo, transcritas por el historiador con cuidado y exactitud, de acuerdo a lo que había visto y escuchado.

No hay nada en sus escritos que indique que Plinio el joven fuera un hombre particularmente crédulo o supersticioso. Sin embargo, se impresionó mucho por un relato de fantasmas que escuchó de varias fuentes y estuvo dispuesto a confirmar su autenticidad.

EL FANTASMA DE ATENODORO.

"Antes había en Atenas una bella y espaciosa casa que nada menos había adquirido la reputación de ser visitada por espíritus malignos. El pueblo contaba cómo a altas horas de la noche se escuchaban espeluznantes ruidos: arrastrar de cadenas que era cada vez más fuerte hasta que de pronto aparecía el horrible espectro de un anciano que era la representación misma de la mayor miseria y suciedad. Su barba era larga y abundante, su pelo blanco alborotado y descuidado. Sus delgadas piernas estaban cargadas con el peso de dolorosos grilletes que arrastraba trabajosamente al tiempo que lanzaba gemidos lastimeros; sus muñecas estaban atadas por largas cadenas, mientras a cada momento levantaba los brazos y movía las cadenas en una especie de impotente furia. Algunos escépticos burlones que fueron lo suficientemente osados para montar guardia toda la noche en la casa se habían aterrorizado ante la vista de la aparición; y lo que era peor, las enfermedades e incluso la muerte de aquellos que después de oscurecer se habían aventurado dentro de aquellos malditos muros. El lugar era evitado. Se colocó un letrero de 'Se Renta', pero pasaron los años y la casa casi se convirtió en ruinas".

Entonces, continuó Plinio, el filósofo Atenodoro llegó a la ciudad buscando una casa. Y al igual que la mayoría de los filósofos, tenía poco dímero y necesitaba un lugar de poca renta.

Observó la vieja casa abandonada y preguntó el costo de la renta. "Sorprendido por el bajo costo hizo algunas preguntas y, entonces, salió a relucir el relato."

El filósofo decidió tomar la casa de cualquier forma.

Atenodoro tenía por costumbre quedarse hasta tarde escribiendo en su estudio, y por lo que la primera noche que pasó en la casa embrujada no quiso alterar su rutina. De hecho, decidió trabajar en un problema difícil para que su mente se mantuviera absorta y no le hiciera una mala broma provocando que viera cosas que no eran reales.

"Pronto se absorbió en sus cálculos filosóficos, pero luego el ruido de una cadena, primero distante y cada vez más cercano llegó a sus oídos. Sin embargo, Atenodoro, ocupado con sus notas, demasiado atento para interrumpir su trabajo hasta que, al volverse más y más persistente el ruido, levantó la vista y ante él se encontraba el espectro tal como le fue descrito".

"El espectro parecía llamarlo con el dedo, pero el filósofo le hizo una seña de que estaba ocupado y siguió escribiendo. Las cadenas fueron sacudidas con furia y persistencia, ante lo cual Atenodoro en silencio se levantó de su silla y tomando una lámpara le indicó al espectro que lo condujera".

El fantasma llevó al filósofo por la casa hacia un jardín. En un punto entre los arbustos, el fantasma hizo una seña y desapareció. Atenodoro marcó el lugar, en el patio de la casa y se retiró a descansar. Durmió profundamente.

A la siguiente mañana fue al local de los magistrados y les contó lo que había visto. Sugirió que se investigara el lugar donde el fantasma había desaparecido.

Así lo hicieron y cuando los investigadores comenzaron a cavar, desenterraron un esqueleto humano cerca de la superficie. De los huesos todavía colgaban viejas y oxidadas cadenas.

Los restos fueron recogidos con cuidado y enterrados debidamente.

Después de lo cual la casa fue "limpiada" por medio de varios rituales y ya nunca se volvieron a presentar más problemas de fantasmas.

.   .   .

Este relato puede ser el origen de la creencia popular de los fantasmas que arrastran cadenas.


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