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ANALICEMOS

11 sept
4 min de lectura

Dr. David Isaac Bautista

 

NO HAY QUE LLEGAR PRIMERO; HAY QUE SABER LLEGAR

 

Un arriero me dijo alguna vez: “No hay que llegar primero; hay que saber llegar.”

 

La frase vuelve cada vez que veo motocicletas rebasar por la derecha, meterse en puntos ciegos, avanzar entre vehículos o instalarse delante en un semáforo como si fuera una carrera. También cuando viajan cuatro personas en una moto o alguien atraviesa una comunidad a velocidad absurda, entre peatones, perros, niños, baches y entradas laterales. Y vuelve después del golpe, la ambulancia, el casco roto, la fractura y la pregunta de cómo una vuelta insignificante terminó en tragedia.

 

Entonces todos dicen: “Fue un accidente.”

 

A veces sí. Pero otras veces fue una conducta repetida hasta encontrarse con la estadística.

 

LA DICTADURA DE LOS TREINTA SEGUNDOS

 

Treinta segundos nos parecen insoportables. Aceleramos, rebasamos, nos metemos y llegamos al siguiente semáforo junto a los mismos vehículos que adelantamos. Arriesgamos la vida para ahorrar el tiempo que luego desperdiciamos.

No tenemos prisa. Tenemos ansiedad.

 

EL SEMÁFORO NO ES UNA PARRILLA DE SALIDA

 

En cada crucero se repite el ritual: motocicletas avanzan entre vehículos, se colocan delante y arrancan como si compitieran. No hay premio, cronómetro ni podio. Solo una necesidad de ganar, aunque sean veinte metros. Hemos convertido la conducción en competencia, incluso cuando no existe ninguna razón para ser primeros.

 

“CON DINERO Y SIN DINERO…”

 

José Alfredo Jiménez escribió: “Con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero.”

 

Magnífica canción. Como filosofía vial, puede ser desastrosa. En la calle no podemos hacer siempre lo que queremos. No podemos rebasar, acelerar, invadir el paso peatonal o llevar cuatro personas en una motocicleta solo porque caben. La convivencia comienza donde termina el capricho. La libertad adulta también consiste en decidir que algo no debe hacerse.

 

LA MOTOCICLETA NO ES EL PROBLEMA

 

La motocicleta es útil, económica y necesaria para muchas familias. El problema aparece cuando su agilidad se convierte en permiso para ignorar las reglas. Que algo sea físicamente posible no significa que sea sensato. “Yo sí paso”, “yo sí controlo”, “a mí no me pasa”. La imprudencia suele funcionar hasta que deja de hacerlo.

 

EL PUNTO CIEGO NO NEGOCIA

 

Muchos motociclistas asumen que los automóviles los ven. No siempre es así. Una moto puede permanecer invisible en un punto ciego durante segundos críticos. Después vendrá la discusión sobre quién tuvo la culpa o la preferencia. Pero en urgencias existe una verdad sencilla: tener la razón no recompone un fémur.

 

La conducción defensiva empieza al preguntarnos no solo “¿puedo pasar?”, sino “¿qué pasa si el otro no me ve?”.

 

CUATRO PERSONAS Y UNA SOLA APUESTA

 

Un adulto conduce, otro va detrás, un niño queda en medio y otro adelante. Cuatro personas. Una motocicleta. Una frenada. La seguridad no puede basarse en que todos los demás conducirán perfectamente. También debemos contar con el perro, el niño, el automóvil que gira, la camioneta que frena, el bache, la lluvia o el conductor distraído. La prudencia consiste en reservar margen para el error. Con cuatro personas en una moto, ese margen casi desaparece.

 

COATEPEC NO NECESITA MÁS PRISA

 

Coatepec y sus comunidades no son pistas de carreras. Hay calles estrechas, pendientes, curvas, lluvia, niebla, peatones, caminos rurales y vehículos de todo tipo. Conducir rápido en ese entorno no es valentía. A veces es incapacidad para imaginar qué puede salir mal.

 

EL PEATÓN COMO ESTORBO

 

La educación vial se revela frente a un peatón. ¿Disminuimos y cedemos, o aceleramos antes de que cruce? Considerar al peatón un obstáculo muestra que hemos dejado de ver personas y solo vemos cosas que estorban. La civilidad comienza cuando volvemos a ver personas.

 

¿QUIÉN ENSEÑÓ A CONDUCIR?

 

¿Quién explicó los puntos ciegos, la distancia de seguridad, la frenada, la lluvia, los pasajeros y la conducción defensiva? En demasiados casos, la capacitación se reduce a: “Préndela”, “Mete primera”, “No te caigas”, “Vámonos”… Una sociedad que aumenta el uso de motocicletas sin aumentar su cultura vial está fabricando su propio problema.

 

LA TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN TAMBIÉN SE VE EN EL MANUBRIO

 

Esperar, quedar detrás o llegar después nos frustra. Pero una persona madura puede soportarlo sin convertirlo en una maniobra impulsiva. No rebaso. Espero. El peatón cruza. Llego unos minutos después. Eso no es ineficiencia. Es autocontrol.

 

HAY ACCIDENTES QUE EMPIEZAN MUCHO ANTES

 

Un accidente parece ocurrir en segundos, pero a veces comenzó meses antes: el primer rebase indebido, la primera maniobra entre coches, el primer semáforo ignorado, el primer pasajero sin protección. La ausencia de consecuencias se interpreta como habilidad, hasta que aparecen la curva, el automóvil, la lluvia o la distracción. Entonces llamamos accidente a algo que llevaba tiempo ensayándose.

 

LA PRISA DESAPARECE EN URGENCIAS

 

Quien no podía perder treinta segundos puede terminar semanas en una cama. Quien no quería esperar dos minutos puede pasar meses rehabilitándose. De pronto, el tiempo cambia de significado y entendemos que nuestras prioridades estaban equivocadas.

 

SE NOS OLVIDÓ DISFRUTAR EL CAMINO

 

En los alrededores de Coatepec hay montañas, cafetales, neblina y paisajes que merecen ser observados. Pero los atravesamos desesperados por llegar. No todo trayecto debe optimizarse. No todos los segundos deben ahorrarse. A veces conducir puede ser simplemente conducir.

 

EL VERDADERO BUEN CONDUCTOR

 

El buen conductor no es quien se mete por cualquier lugar, toma curvas rápido o aprovecha cada hueco. Es quien reconoce lo que no necesita hacer. No necesita adelantar, demostrar velocidad, pasar primero ni competir. La experiencia verdadera suele parecer aburrida. Porque la seguridad es aburrida. Y esa es su virtud.

 

EL ARRIERO TENÍA RAZÓN

 

“No hay que llegar primero; hay que saber llegar.”

 

El viaje no consiste en derrotar el camino, sino en conocerlo, respetarlo y llegar. En la carretera no siempre debemos hacer lo que queremos. Querer y poder no bastan. Hace falta criterio, paciencia y respeto por quienes comparten la vía. Nadie pierde por llegar dos minutos después. Algunas personas lo han perdido todo intentando llegar dos minutos antes.

 

La próxima vez que el semáforo se ponga en rojo, espere. Si piensa “sí alcanzo”, piénselo otra vez. Si un peatón cruza, déjelo pasar. Y si alguien avanza más despacio, quizá no tenga que rebasarlo. La calle no es una competencia. Llegar segundo no es perder. Nadie en casa espera que usted llegue primero. Espera algo más importante: que llegue.

 

NO HAY QUE LLEGAR PRIMERO. HAY QUE SABER LLEGAR.

 


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